En Adega Viña Carpazal, el viñedo no es solo el punto de partida, sino el eje central de toda su filosofía. La calidad de sus vinos comienza en la tierra, en el cuidado constante de las cepas y en el profundo conocimiento del entorno natural que rodea a la bodega.
Los viñedos, ubicados en las laderas próximas al río Miño, disfrutan de un microclima privilegiado que favorece una maduración equilibrada de la uva. La combinación de suelos, orientación y clima permite obtener frutos con una excelente concentración aromática y una acidez natural muy característica del Ribeiro.
La bodega trabaja principalmente con variedades tradicionales de la zona, respetando el patrimonio vitícola gallego. En el caso de los blancos, la Treixadura ocupa un papel protagonista, aportando frescura, elegancia y complejidad. En los tintos, variedades como Mencía y Sousón ofrecen estructura, intensidad y personalidad.
El trabajo en el viñedo se realiza con especial atención a cada detalle. Las labores se adaptan a cada parcela, entendiendo que no todas las cepas responden igual ni requieren los mismos cuidados. Esta viticultura precisa y respetuosa es clave para mantener la calidad año tras año.
Una vez en bodega, el proceso de elaboración busca acompañar lo que la uva ya ofrece. Las intervenciones son medidas, evitando enmascarar el carácter varietal y territorial del vino. En algunas elaboraciones, el uso de barrica se integra de forma equilibrada, aportando complejidad sin restar protagonismo a la fruta.
Gracias a esta forma de trabajo, los vinos de Adega Viña Carpazal expresan fielmente su origen. Son vinos con identidad, que reflejan el esfuerzo del viñedo y la dedicación de una familia comprometida con la excelencia y la tradición.